Eduardo Fuenzalida Loyola

  • El hombre y el científico

Resumen

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Abstract

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Difícil resulta el describir al hombre que es conocido por su obra, así como también lo es el separar ambos factores: hombre y obra. Sin embargo, en esta oportunidad la referencia primordial se basará en el hombre, aquel hombre conocido como Eduardo Fuenzalida Loyola, nacido en la hacienda 'Los Hualles', al interior de Curicó, el 18 de octubre de 1911. Hombre honesto y muy nuestro, hijo predilecto de nuestra patria, no pudo disimular nunca, ni tampoco lo quiso, que su origen era nuestra tierra, nuestros hombres sencillos su meta y el afán de servir su obsesión.

Nacido en el interior de una familia de agricultores, con el correr del tiempo nunca se separó de la tierra, siendo un visionario en cuanto a conservación del medio ambiente e inculcándole a todo aquel con quien se cruzara, nociones de ecología que hoy recién empiezan a inquietar. No cabe duda que los años de su niñez, vividos en la ciudad de Curicó, fueron decisivos en la formación de su conciencia ecológica, la que no abandonó durante toda su vida. Y ejemplos de ellos hay muchos, tales como su decisión de adolescente, una vez terminados sus estudios en el Liceo de Aplicación de Santiago, de ingresar a la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Chile en marzo de 1931.

 Pocos años después, ya titulado como médico veterinario, ingresa al Instituto Bacteriológico de Chile, institución que había conocido por haber allí desarrollado su tema de tesis: 'Diagnóstico precoz del embarazo de la yegua mediante reacción de Friedman', pero no son sus laboratorios quienes lo reciben, sino su campo, el fundo San Jorge, enclavado en lo que hoy es La Florida y que servía de vivero de animales para la producción de vacunas, el diagnóstico de enfermedades y la experimentación.

Más tarde, su casa habitación en la comuna de Nuñoa es la que se plasma de flores y árboles, las que son cuidadas con esmero y dedicación en conjunto con María Ruiz Aldunate, su esposa desde 1937 y sus hijos Luis Eduardo, Pedro Carlos y Jorge. El destino de aquellos que Dios elige lo llevó en 1966 a la ciudad de Buenos Aires, lugar en que permaneció hasta 1973 y no logrando un sitio con jardín y patio en ese conjunto de cemento, se cobijó junto al Parque de Palermo, el más grande pulmón verde de la capital Argentina y no faltaron en sus balcones los almácigos de ají, ajo, orégano y perejil. De esta manera, los maceteros reemplazaban la nostalgia por su parcela de Curicó, llamada 'Los Hualles', la que adquirió en 1953 y en la cual gustaba de pasar sus vacaciones y los fines de semana, sintiendo la libertad de los pájaros, el crecer de los árboles y arbustos nativos y el cristalino pasar de las aguas del tranque. Anotamos además su natural habilidad para manejar la pluma, la acuarela y el carbón, con los cuales saciaba su necesidad de rostros, paisajes y naturalezas muertas, el conjunto de hombre-ambiente que fue su obsesión de por vida. 

Eduardo Fuenzalida fue un hombre sencillo y sirvió a los hombres como él. De hablar franco y parco como todo hombre de campo, podía narrar sus aventuras reales o imaginarias con una claridad y motivación propia de un escritor costumbrista o un narrador versado. Las tardes de tertulia acortaban las horas en forma increíble, así como el rito navideño de hacer andar su tren eléctrico en la obscuridad, alrededor del pesebre ubicado en la chimenea de su hogar, era el momento para desgranar recuerdos familiares y para el consejo oportuno. Sencillo en su caminar, en su vestir, sin desear ni necesitar del consumo, frugal en su alimentación, sabía improvisar rellenos para sándwichs o cocktails tan increíbles e imaginativos, como su propia obra profesional.

Su afán de servir a los demás fue notable. Además de trabajar en el Instituto Bacteriológico de Chile, en 1935 y 1936 se desempeñó como teniente (M.V) en el Ejército de Chile y como profesor a jornada parcial en la cátedra de Enfermedades Infecciosas, de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Chile, en la década de 1940. Fue Presidente del Colegio Médico Veterinario de Chile y Vicepresidente de la Sociedad de Medicina Veterinaria en 1957 y 1958.

En el fundo San Jorge del Instituto Bacteriológico de Chile ingresó para el cuidado, mantención y producción de animales; sin embargo, muy pronto se hizo en él la necesidad de prestar utilidad aún mayor, de allí que incursionara con éxito en la producción de foliculina y posteriormente de vacuna antipeste porcina, mal que afectaba en ese entonces grandemente a la mediana y pequeña ganadería porcina de nuestro país. Sus relevantes condiciones de seriedad, inteligencia y talento hicieron que pronto fuera trasladado a los laboratorios del Instituto, lugar donde junto a otros científicos desarrolló su gran vocación por el hombre y los animales. Primeramente contribuyendo en los programas de control de tifus exantemático y de fiebre aftosa, para finalmente arribar a la Sección Rabia, donde en definitiva encontraría su mayor que hacer.

Su presentación en conjunto con el Dr. Raúl Palacios V. de Un método mejorado para la preparación de la vacuna antirrábica a la Tercera Jornada de la Sociedad Chilena de Salubridad del Instituto Bacteriológico de Chile, Vol. VIII (1-4), en 1955, marcan el inicio de una obra que a ambos los ha inscrito con letras de oro en la historia científica: la Vacuna Antirrábica en cerebro de ratón lactante, hoy llamada y conocida en el mundo como Vacuna Antirrábica tipo Fuenzalida-Palacios. Como se ve, lo primero fue dar a conocer su trabajo a quien le interesara, sin esperar o pensar en las enormes perspectivas personales que su investigación le abrían. Y no se detuvo allí, sino que se empeñó en enseñar prácticamente su método, tanto en los laboratorios del Instituto como en laboratorios extranjeros; en congresos, simposium y otras reuniones científicas se le escuchó entregar en detalle su experiencia y luego sus resultados a través del Boletín de la Organización Mundial de la Salud.