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Entre las diversas infecciones parasitarias que afectan a las especies menores, destacan las coccidias por su importancia clínica y de salud pública.

Se destacan en el perro, los géneros Isospora y Sarcocystis como coccidias intestinales, y Toxoplasma gondii como una coccidia extraintestinal (Levine, 1978).

Hasta hace pocos años se tenía el concepto que perros y gatos, compartían las mismas especies del género Isospora, confusión debida a la similitud morfológica de los ooquistes. Se indicaba que caninos y felinos compartían una especie grande (I. felis), una mediana (I. rivolta) y una pequeña (I. bigemina) (Levine, 1961). En la actualidad se ha establecido que ellas son específicas, teniendo cada huésped sus propias isosporas (Dubey, 1976; Levine, 1978).

Las especies que se describen en el canino son I. canis, cuyos ooquistes son de gran tamaño I. ohioensis, I. neorivolta e I. burrowsi, considerados de tamaño intermedio y una especie de tamaño pequeño I. bahiensis. (Dubey, 1977; Levine, 1978; Long, 1982).

La situación con respecto a la patogenecidad de las coccidias en el canino es aún confusa. Levine (1978) ha establecido que I. canis es moderadamente patógena causando diarrea e inflamación ligera del intestino delgado del mismo modo que I. bahiensis. Sin embargo, algunos trabajos experimentales, no han contribuido a aclarar el rol patógeno de las especies de Isospora, dado que las infecciones experimentales con ooquistes esporulados en cachorros, no siempre han logrado reproducir la enfermedad (Dubey, 1976, Euzeby, 1980; Soulsby, 1987).

El descubrimiento de la naturaleza coccidiana de los esporozoos del género Sarcosystis, así como del tipo de ciclo que involucra a carnívoros y herbívoros, ha sido realizado en los últimos años (Fayer, 1972; Heydorn y Rommel, 1972). Aun cuando sus especies no son consideradas patógenas para los caninos, éstos diseminan la infección a huéspedes intermediarios en los que adquieren importancia clínica y económica (Markus, 1974; Gorman, 1984).

Otro protozoo también considerado una coccidia, es el Cryptosporidium sp, el cual en los últimos años ha adquirido una connotación clínica al ser asociado a cuadros de diarrea en diversas especies animales así como en el hombre (Anderson,1982; Tzipori, 1985; Gorman y col., 1986; Gorman, 1987).

Dado el gran avance que ha experimentado el conocimiento acerca de los esporozoos, se consideró de interés realizar una investigación sistemática acerca de las coccidias del perro, incluyendo a la 'nueva' coccidia Cryptosporidium, escogiéndose para tal efecto una comuna de Santiago (San Miguel). Este constituye el primer estudio en perros de nuestro país, basado en la nomenclatura que se emplea actualmente en relación a coccidias.

Material y métodos

El área de la comuna de San Miguel se dividió en cuatro cuadrantes, de cada uno de los cuales se extrajo igual número de muestras de excrementos de perros obteniéndose una por vivienda. Para ello se contó con la colaboración del Departamento de Higiene Ambiental de la Municipalidad de San Miguel.

La cantidad de muestras necesarias (n=467) se determinó mediante la fórmula de Marchevsky (0.P.S., 1973), estimándose una prevalencia de coccidias de 8,5% (Alcaíno y Abalos, 1965), un nivel de confianza de 90% y un error de 25%. Se decidió obtener 480 muestras por posibles pérdidas de muestreo. Ellas se extrajeron directamente del recto y se depositaron individualmente en bolsas plásticas y se refrigeraron hasta ser procesadas. Se registraron además antecedentes de edad y sexo. Arbitrariamente se establecieron cuatro grupos etarios: 2 a 8 meses (cachorros), iguales o mayores a 8 meses hasta 2 años (jóvenes), igual o mayores a 2 años hasta 6 años (adultos) y mayores a 6 años (viejos).

Las muestras se analizaron mediante la técnica coprológica de flotación en solución de azúcar (Benbrook y Sloss, 1961). La observación microscópica se realizó con aumentos de 10 y 40 x. La identificación de las especies de coccidias se basó en las características morfológicas y biométricas de los ooquistes y esporoquistes, según descripciones de Levine (1978) y Long (1982). Se registró adicionalmente la presencia de huevos de heimintos encontrados. Las diferencias de infección con respecto a sexo y edad se analizaron mediante la prueba de Chi cuadrado.

El estudio de Cryptosporidium se realizó en muestras fecales provenientes de animales sanos y diarreicos. Se estableció una cantidad de 72 muestras por grupo, estimando una diferencia de proporción de positivos a Cryptosporidium entre diarreicos y sanos de 30%, un nivel de significancia de 0,05 y una potencia de 0,95 (Fleiss, 1973). Todos los perros estudiados eran menores de un año distribuidos en menores o iguales a 2 meses (n=54) y en mayores de 2 meses y menores de 1 año (n=90).

Las muestras se fijaron y mantuvieron en una solución de formol sal (formalina al 10% en suero fisiológico) hasta ser procesadas. Estas muestras se estudiaron mediante el examen microscópico de frotis de excrementos teñidos con tinción ZiehlNeelsen, modificada (Henriksen y Pohlenz, 1981). La observación se realizó con lente de inmersión (1000 x). También se empleó la flotación en solución de azúcar (Benbrook y Sloss, 1961).

Resultados

De las 480 muestras fecales examinadas se encontraron 241 (50,2%) caninos positivos a parasitismo gastrointestinal, no observándose diferencias significativas con respecto a sexo o edad (cuadro 1). Sin embargo, al reagrupar los caninos en menores de 2 años y mayores e iguales a 2 años, se evidenció una mayor frecuencia de parasitados en los menores de 2 años (p > 0,05).

En relación a la naturaleza de las infecciones observadas al examen coprológico de las muestras, se pudo establecer que hubo mayor frecuencia en infección por heimintos (32,7%) que por protozoos (6,6%) o que por ambas en conjunto (10,8%) (cuadro 1). Solamente en el caso de los protozoos las diferencias de infección observadas con respecto a la edad de los caninos fueron significativas (p > 0,05). Se pesquisaron más casos de monoparasitismos (149 casos) que de pol¡paras¡ ti smos (92 casos) los que oscilaron entre 2 a 4 especies.

CUADRO 1 DISTRIBUCION SEGÚN EDAD DE LA FRECUENCIA DE PROTOZOOS Y HELMINTOS EN 480 CANINOS, DETECTADOS MEDIANTE EXAMENES COPROLÓGICOS. COMUNA DE SAN MIGUEL 1987 volver

Edad Caninos examinados Total positivos Protozoos2 Helmintos Protozoos2 + Helmintos
(%) (%)1 (%) (%)
> 2 meses< 8 meses 68 37 (54,4) 4 (5,9) 23 (33,8) 10 (14,7)
> 8 meses < 2 años 135 77 (57,0) 4 (3,0) 56 (41,5) 17 (12,6)
> 2 años < 6 años 212 100 (47,2) 19 (9,0) 59 (27,8) 22 (10,4)
> 6 años 65 27 (41,5) 5 (7,7) 19 (29,2) 3 ( 4,6)
Total 480 241 (50,2) 32 (6,7) 157 (32,7) 52 (10,8)
1Diferencias significativas (p > 0,05). 2Incluye coccidias. Giardia sp y Eimeria sp.

La prevalencia de infección por una o más especies de coccidias fue de 16,3% (78 casos de 480 muestras). Su distribución según la edad de los caninos se presenta en el cuadro 2. Aun cuando el grupo de edad más joven presentó un porcentaje más alto de infección, esta diferencia no fue significativa. Tampoco se observaron diferencias con respecto al sexo de los caninos estudiados (p > 0,05).

CUADRO 2 DISTRIBUCIÓN SEGUN EDAD DE LA FRECUENCIA DE COCCIDIAS  DETECTADAS MEDIANTE EXAMENES COPROLÓGICOS EN 480 CANINOS. COMUNA DE SAN MIGUEL, 1987 volver

Edad Caninos examinados Positivos
%
> 2 meses< 8 meses 68 14 20,6
>  8 meses< 2 años 135 21 15,6
> 2 años < 6 años 212 35 16,5
> 6 años 65 8 12,3
Total 480 78 16,3

En el cuadro 3 se presentan las especies y frecuencia de coccidias detectadas, siendo el género Sarcocystis el más frecuente (11,3%) seguido de isosporas de tamaño mediano (3,8%) (I. ohioensis; I. burrowsi o I. neorivolta). Los valores más bajos fueron para I. canis (1,9%) e I. bahiensis (0,4%). En cuanto al número de especies presentes por muestras, se constató que lo más frecuente fue encontrar una especie (93,7%).

CUADRO 3 FRECUENCIA DE ESPECIES DE COCCIDIAS DETECTADAS MEDIANTE EXAMENES COPROLÓGICOS EN 480 CANINOS. COMUNA DE SAN MIGUEL, 1987 volver

Especies Frecuencia
%
Sarcocystis sp. 54 11.3
Isospora sp.* 18 3.8
I. canis 9 1.9
I. bahiensis 2 0.4
* Incluye a I. ohioensis. I. burrorwsi, I. neorivolta.

En el cuadro 4 se presenta el detalle de los distintos parásitos encontrados en los 480 perros estudiados en cuanto a frecuencia y distribución según edad. Los valores más altos correspondieron a Trichuris vulpis (29,8%) Toxocara canis (12,3%) y anquilostomídeos (10,8%). Los más bajos fueron para Toxascaris leonina (1,9%), Giardia sp (0,8%), Capillaria sp (0,4%) y cestodos (0,2%).

CUADRO 4 DISTRIBUCIÓN SEGÚN EDAD DE LOS HALLAZGOS DE ENTEROPARASITOS EN 480 CANINOS, DETECTADOS MEDIANTE EXAMENES COPROLÓGICOS. COMUNA DE SAN MIGUEL, 1987  volver

Parásitos Total positivos  2 ms < 8 ms 8 ms < 2 años 2 años < 6 años 6 años
% % % % %
Protozoos
Giardia sp 4 0,8 1 0,2 0 0,0 3 0,6 0 0,0
Isospora sp 29 6,0 8 1,7 8 1,7 10 2,1 3 0,6
Sacocystis sp 54 11,3 8 1,7 14 2,9 27 5,6 5 1,0
Helmintos   
Toxocara canis 59 12,3 22 4,6 23 4,8 11 2,3 3 0,6
Toxascaris leonina 9 1,9 1 0,2 4 0,8 4 0,8 0 0,0
Anquilostomideos 52 10,8 6 1,3 16 3,3 26 5,4 4 0,8
Trichuris vulpis 143 29,8 12 2,5 49 10,2 64 13,3 18 3,8
Capillaria sp 2 0,4 0 0,0 1 0,2 1 0,2 0 0,0
Cestodos 1 0,2 0 0,0 1 0,2 0 0,0 0 0,0
Otros* 5 1,0 1 0,2 1 0,2 3 0,0 0 0,0
* Incluye especies de Eimeria. Filaroides, Heterakis. NOTA: Los números absolutos incluyen a perros mono y poliparasitados por lo que los totales no pueden coincidir con los de los cuadros anteriores.

El estudio realizado en 144 muestras de excrementos de caninos sanos y diarreicos demostró la ausencia de Cryptosporidium sp. Se observó además que en estos caninos, los menores de 2 meses presentaron un porcentaje significativamente más alto de parasitismo por helmintos y protozoos que aquéllos mayores de 2 meses (57,4% versus 31,1 %, p < 0,05). En cambio, no fue posible detectar diferencias en cuanto a parasitismo y perros con diarrea o normales (p > 0,05).

Discusión

Se encontró en este estudio que la mitad de los caninos seleccionados del área urbana de San Miguel (50,2%) se encontraba parasitado con protozoos y/o helmintos gastrointestinales (cuadro 1 ). En Santiago, Alcaíno y Tagle (1970) encontraron coincidentalmente una frecuencia idéntica a ésta. Sin embargo, cabe hacer notar que estos autores obtuvieron este porcentaje examinando muestras de excrementos procedentes de perros con sospecha clínica de infección parasitaria, a diferencia del presente estudio en que se trató de animales sanos. Llama la atención que transcurridos casi 20 años desde entonces, aún el problema parasitario se encuentra tan vigente pese a la gran cantidad y diversidad de antihelmínticos que han aparecido en el mercado. Es probable que la población incluida en este estudio, no hubiese tenido acceso a estos fármacos por pertenecer a un sector económico más bien bajo.

Un porcentaje muy semejante se ha señalado en perros de Louisiana, EE.UU., con un 50,5% de infección parasitaria (Hoskins y col., 1982). Cifras superiores fueron obtenidas en New Jersey, EE.UU., con un 72,6% de infección (Loenberg y Waitz, 1977) y en Córdoba, Argentina con un 96,5% de infección parasitaria en perros sin propietario (Tolosa y col., 1985).

Se advirtió que los parásitos gastrointestinales más frecuentes de los caninos, sin duda son los helmintos los que presentaron una frecuencia de 32,7%. Los protozoos alcanzaron una frecuencia menor con un 6,7%; debiendo añadirse a ambos grupos, el efecto que ejercieron las infecciones mixtas con un 10,8% (cuadro 1). Loenberg y Waitz (1977) también obtuvieron un porcentaje muy similar tanto de infecciones mixtas (9,6%) como protozoarias (menor a 10%).

No se encontraron diferencias significativas al comparar las frecuencias de infecciones helmínticas y protozoarias con respecto a los cuatro grupos de edad estudiados. Solamente al reagrupar los caninos en menores y mayores de 2 años de edad, se logró evidenciar una proporción más alta de infectados en los menores de 2 años (p < 0,05), situación que refleja la mayor susceptibilidad a la infección parasitaria del grupo joven y la inmunidad adquirida que se va desarrollando en los mayores (Levine, 1978).

La prevalencia de coccidias que se obtuvo (16,3%) (cuadro 2) fue superior a la señalada en estudios anteriores para perros de Santiago (8,5.% y 9,3%) (Alcaíno y Abalos, 1965; Alcaíno y Tagle,1970). En el presente estudio el género Sarcocystis tuvo mayor preponderancia (11,3%)que Isospora (5,2%) (cuadro 3), presentándose en algunos casos más de una especie por muestra. En los dos estudios anteriores realizados en Santiago, se incluye a Sarcocystis bajo la denominación de I. bigemina por lo que la prevalencia real de isosporas planteada por los autores en ambos casos, debe ser necesariamente inferior.

Con respecto a I. canis, la frecuencia observada (1,9%) fue semejante a la descrita anteriormente en el país. Una situación similar se dio para las isosporas de tamaño intermedio (Isosopora sp: 3,8%) (Alcaíno, Abalos, 1965; Alcaíno y Tagle, 1970). I. bahiensis se encontró sólo en 2 casos (0,4%), no existiendo antecedentes nacionales sobre dicha especie. La literatura extranjera señala para esta especie una prevalencia similar (McKenna y Charleston, 1980).

No se encontraron diferencias significativas de infección por coccidias en relación a la edad (cuadro 2) y sexo de los caninos estudiados. Para el caso de Sarcocystis era esperable encontrar una proporción más alta en perros de mayor edad, dado que éstos han tenido mayores oportunidades de ingenir quistes musculares y además las infecciones sucesivas por este protozoo no generan una inmunidad efectiva y se produce una excreción de esporoquistes en forma intermitente y prolongada (Balmer y col., 1982; McKenna y Charleston, 1983).

En el  (cuadro 4) se resume la frecuencia de los diversos enteroparásitos, observándose que T. vulpis (29,8%), T. canis (12,3%) y anquilostomídeos (10,8%) alcanzaron las frecuencias más altas. La transmisión transplacentaria y lactogénica de T. canis y anquilostomídeos explica los porcentajes altos a temprana edad (Jacobs y col., 1977). En cambio T. vulpis tiende a establecerse más tardiamente que T. canis y anquilostomídeos (Lightner y col., 1978).

Los hallazgos de Eimeria y Heterakis correspondieron a parásitos espúreos que probablemente se originaron de la ingestión de aves u otros huéspedes infectados con estos parásitos.

La ausencia de Crvptosporidium fue concordante con los resultados señalados por Augustin–Bichl y col. (1984) y Pohjola (1984), empleando similar técnica en 57 y 200 caninos, respectivamente. En general las descripciones del protozoo en perros son muy limitadas y corresponden a casos individuales de cachorros que sufren distemper u otras afecciones (Wilson y col., 1983; Fukushima y Helman, 1984; Sisk y col., 1984). Al respecto, llama enormemente la atención que en el Norte de Chile se encontrara un alto porcentaje (20%) de caninos positivos a Crvptosporidium de un total de 30 examinados, cuyas edades no se mencionan (Araya y col., 1987), ya que no se ha descrito una cifra tan elevada en la literatura extranjera.

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