Editorial

  • La universidad por la universidad

Resumen

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Abstract

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Las universidades como corporaciones integradas por maestros y alumnos, destinadas a la investigación, creación y difusión del saber superior, han existido desde la más lejana antigüedad. Los primeros establecimientos organizados con esta finalidad superior se encuentran en países del Mediterráneo, cuna de la civilización occidental. Destacan en Egipto los colegios sacerdotales que funcionaron en Menfis y Heliópolis.

La Escuela Filosófica Griega aparece en el Siglo iv en Atenas, como una asociación libre de alumnos y profesores para realizar un trabajo intelectual determinado. La primera de estas escuelas es la Mileto. Luego destacan la Academia, fundada por Platón, la Escuela Aristotélica y la Escuela Pitagórica. Del período helenístico resalta la Escuela de Alejandría, cuya famosa biblioteca llegó a contar con 70.000 volúmenes.

En el Imperio Romano, a partir de Vespasiano, el Estado empezó a participar en la función educacional, fundándose las llamadas Escuelas Imperiales. Cuando cayó el Imperio Romano, estas escuelas desaparecieron para resurgir, al amparo de la Iglesia Católica, en plena Edad Media. Mientras tanto, el Imperio de Oriente prosiguió su labor civilizadora y las Letras prosperaron bajo la protección de los emperadores bizantinos. En Constantinopla funcionó una Universidad Imperial que mantuvo la orientación clásica, helenística y romana, enseñando Literatura, Filosofía, Ciencias y Derecho. La Universidad de Constantinopla, con un «auditorium» de 31 cátedras, monopolizó la enseñanza pública. Probablemente la universidad constantinopolitana fue la primera institución universitaria del mundo occidental en el concepto moderno de lo que se entiende que debe ser la universidad. En ella la designación de los profesores se hacía generalmente por el Emperador o por organismos especiales como el Senado o colegios electorales especialmente designados. En muchas oportunidades los profesores fueron elegidos por los propios alumnos. Los estudios eran gratuitos y los puestos se concedían por méritos.

Los enormes trastornos de carácter económico y social causados por las invasiones que destruyeron el Imperio Romano, hicieron que los establecimientos de enseñanza fueran cayendo lentamente en el olvido, sin influencia en la colectividad, aunque mantenidas por obispos y clero secular. Bajo estas duras circunstancias, la educación representaba el único foco de supervivencia de la cultura del mundo occidental. La confiscación de los bienes de la Iglesia Católica por Carlos Martel y la instalación violenta en las sedes episcopales y monásticas de guerreros brutales e ignorantes, apagó la casi totalidad de las luces de la cultura. Después de Carlomagno, protector de las Letras y de las Ciencias de la Europa Occidental del siglo viii, la inquietud por el saber se extiende por toda Europa, siendo París y Bolonia los lugares en que este movimiento adquirió mayor importancia, gestándose allí las universidades más conocidas de su tiempo.

Uno de los factores que favoreció la organización de la Universidad Medieval fue el desarrollo del corporativismo, cuyo espíritu animó a obreros y artesanos a reunirse en gremios para defender sus prerrogativas amagadas por la odiada tiranía del régimen feudal, e impulsó a los maestros y estudiantes a agruparse en corporaciones de amplia autonomía y jurisdicción propias, llamadas universitas scholarium et magistrorum.

Las primeras universidades medievales fueron París y Bolonia que atraen sobre sí la atención de todo el mundo civilizado, agrupando a multitud de profesores notables por su ciencia y por la calidad de la enseñanza, y a gran número de alumnos venidos de los más distantes lugares de Europa. Los maestros que enseñaban en la Unilversidad de París, se agruparon según las cátedras que servían y formaron cofradías como la de Maestros de Artes. En algún momento del Siglo xiii la universidad se dispersó, los profesores no tuvieron ni casas ni capital. Un saco al hombro cargado con manuscritos y la ciencia que poseían firmemente asentada en su memoria, constituían todo su haber; su capital se reducía a un sello guardado en un arcón y depositado en la sacristía de una iglesia. El sitio donde enseñaban les era accidental (Castiello y Del Valle, 1933). A fines del Siglo XIII la estructura de la docencia universitaria se organizó en forma estable gracias a la protección de los reyes de Francia que llegaron a conceder verdaderos pasaportes de ciudadanía universal, incluso a estudiantes de países con los cuales el Estado estuviera en guerra.

La Universidad de Bolonia se organizó en forma diferente a la de París, en ella son los estudiantes los que constituyen el gremio, eligen a su rector y profesores, y obtienen privilegios e inmunidades del municipio y del papado. Era el gremio estudiantil el que contrataba a sus profesores y organizaba un sistema que vigilaba las actuaciones docentes y el cumplimiento de las obligaciones contraídas con la corporación. El director era un «estudiante-rector» el que debía ser clérigo y tener 24 años a lo menos. Cabe señalar que la estrecha unidad de sus miembros promovió finalidades de cooperación social traducidas en ayuda a los más necesitados y enfermos, ligando íntima y espiritualmente a benefactores y beneficiados. Algunas de estas universidades contaron con maestros que fueron los hombres más sabios de su época. La Universidad de Padua contó en su cuerpo docente con el insigne Galileo Galilei.

Con respecto a las universidades españolas, es destacable el hecho de que fue España la que tuvo el mayor número de establecimientos universitarios, entre los demás países europeos y en relación con la cantidad comparativamente escasa de sus habitantes. Una de las universidades españolas más antigua fue la Universidad de Palencia, creada por Alfonso IX de Castilla en 1200. De todas las universidades españolas sobresalen la de Salamanca y la de Alcalá. La Universidad de Salamanca contó desde sus inicios con el favor de los monarcas españoles; Fernando III le otorgó protección a los maestros y estudiantes por real cédula de 1243, y en 1252 ordenaba que «non paguen los alumnos portazgo ni pecho alguno por los mantenimientos que trajeren para sí mismos, ni en Salamanca ni en otra parte alguna». En el siglo xvi la Universidad de Salamanca empieza a decaer, emergiendo la Universidad de Alcalá de Henares.

En América, el Nuevo Continente, son los sacerdotes misioneros quienes establecen escuelas de primeras letras, las que gradualmente van adquiriendo mayor importancia hasta constituir los llamados colegios o estudios en que se enseñaba Filosofía y Teología, La primera universidad fundada por los españoles en América fue la Universidad de Santo Domingo, creada por Bula Papal en 1538. Le siguen en 1551 las Universidades de México y San Marcos de Lima, ambas de origen real. En la Universidad de México, durante los primeros 50 años, salieron de sus aulas 595 graduados, una cifra importante para su época. La Universidad de San Marcos alcanzó un notable desarrollo a fines del Siglo xvi, para decaer en el Siglo xviii. Posteriormente fueron creadas la Universidad de Santa Fe de Bogotá, en 1573, la de Córdoba, en 1603, La Plata, en 1623, la de Guatemala, en 1675, la de Cuzco, en 1692, la de Caracas, en 1782, San Felipe de Santiago de Chile, en 1738, la de La Habana, en 1782, y en 1791, la de Quito (Luis Alberto Sánchez, 1949). Sin embargo, no son éstos los primeros establecimientos de enseñanza que existieron en América. Antes de la. conquista española existía en Cuzco una escuela para nobles, llamada Yachahuasi, que según el cronista Tomás de Morúa comprendía un plan de estudios de 4 años; en el primero se enseñaba el idioma oficial; en el segundo, el culto del sol, religión del Estado; en el tercero, el gobierno, las leyes y la estadística; y en el cuarto, historia de los incas, arte militar y técnicas industriales (Aníbal Bascuñán, 1954). En México funcionó el Calmecac que tenía a su cargo la formación de los más altos representantes del sacerdocio, del ejército y de la administración del Estado.

Las universidades del siglo xviii se agrupan en dos grandes corrientes, una constituida por las universidades latinas: españolas, italianas y francesas, y otra, representada por las universidades nórdicas. En las universidades latinas predominan los estudios de Derecho, Teología y Humanidades. Éstas tienden a mantener sus constituciones y tradicionales sistemas pedagógicos y estructurales, negándose casi sistemáticamente a considerar los nuevos descubrimientos de la ciencia. Las universidades nórdicas, entre las que se destaca la Universidad de Upsala, se caracterizan por su gran interés en todos los adelantos científicos, acondicionando a ellos sus programas, invitando a inventores y descubridores a explicar sus creaciones; así, se incorpora a la enseñanza el sistema cosmológico de Newton. En el mismo tenor se crean nuevas cátedras científicas de trigonometría, álgebra, macánica, física y química, y nuevos observatorios, museos y laboratorios, entrándose de lleno en el movimiento científico contemporáneo. Las universidades italianas, gracias al genio de Volta, Galvani, Laura Bassi, se adentraron en el positivismo de la época. En cambio, en las universidades francesas se rechazaron de plano los adelantos científicos y técnicos; solamente en las academias y salones se acogieron estos adelantos. En España la situación fue semejante, sólo algunos personajes ilustrados acogieron los estudios científicos, mientras que las universidades hacían oídos sordos a los clamores del progreso.

Las universidades contemporáneas siguieron dos direcciones históricas, una que corresponde a la universidad medieval reformada, como las de, Alemania, Italia, Inglaterra y Suecia, y otra que corresponde a universidades profesionales, dependientes del Estado y al servicio de éste, constituyendo agrupaciones de escuelas docentes como lo fue la Universidad Imperial fundada por Napoléon. En el año 1806 el emperador reorganizó la Universidad de París, estableciendo que la educación pública en todo el Imperio se confiaba exclusivamente a la universidad, ninguna escuela podía funcionar fuera de ella o sin su autorización. La universidad formadora de profesionales y unificadora de la educación nacional al estilo napoleónico tuvo gran importancia para el movimiento contemporáneo universitario (Pedro Lira, 1953).

Las universidades alemanas, con maestros de la calidad de Kant y Fichte, de poetas como Schiller, de pensadores como Lessing y Herder, formaron en sus aulas un selecto núcleo de intelectuales como Schopenhauer y Nietzsche. Este movimiento intelectual condujo a generar la idea unificadora de la patria alemana, alcanzando Alemania una gran importancia en el concierto mundial, debido en cierta medida a sus doctores, profesores, intelectuales e investigadores. Hasta la Primera Guerra Mundial la élite intelectual alemana se formó en las universidades. La situación cambió con la pérdida de la guerra, el nacionalsocialismo dio una orientación muy diferente a la cultura universitaria. Pese a los contratiempos resultantes de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, la actividad científica de la universidad alemana resurgió con gran entereza, conservando las tres orientaciones que les eran tradicionales referentes a la formación e investigación científica; la formación personal, es decir la concepción del hombre y del universo a través de las doctrinas y teorías científicas y filosóficas, y la formación profesional (Agustín Álvarez, 1953).

La universidad italiana comprende gran número de establecimientos estatales y algunos particulares. Su actividad se encuentra estrechamente vinculada a la realidad social, así en los Consejos de Administración tiene representantes de la Agricultura, Comercio, Industria y poder comunal. Destacan la personalidad humana de sus maestros, que son hombres sobrios y de gran espíritu de trabajo. El profesor universitario italiano es esencialmente el maestro, es decir la persona que sobresale en una rama del saber; este profesor no es el funcionario que se aprende lecciones de memoria y que luego las recita a los estudiantes. Ellos tienen total libertad para trazar el programa del curso. Tratan de cultivar en sus alumnos la capacidad de abordar los problemas planteados con independencia de criterio apoyándose en lecturas adicionales, en otras palabras, no les interesa la capacidad de recitar textos y definiciones exactas de memoria; incluso, en los exámenes se establece una especie de diálogo entre el profesor y el alumno, en el que se trata de descubrir la capacidad del alumno, su vocación y espíritu científico, antes que obtener respuestas precisas a un cuestionario.

Las universidades en los Estados Unidos de Norte América son modernas, la primera de ellas, el Colegio de Harvard, fue fundado en 1636. Muchas de ellas fueron creadas por motivos religiosos. A fines del Siglo xviii Benjamín Franklin fundó la Universidad de Pensilvania, influido por la ideología de la Ilustración. En la actualidad existen tres tipos de universidades, unas mantenidas por el Municipio, otras por el Estado, y las particulares, concibiéndose la educación universitaria como una vasta empresa cooperativa basada en la fe, en la libertad humana y en los principios de la democracia representativa. La diferencia fundamental entre estas universidades y las latinoamericanas, es su carácter experimental en que se concede gran importancia a la investigación. La universidad norteamericana se renueva constantemente, ensaya nuevos métodos y mejora sus programas de acuerdo con los progresos de la ciencia, poniéndose al día en todo aquello que promueve el avance de la civilización contemporánea. Su deseo de impartir una educación de carácter masivo tiende a abrir nuevos horizontes y proporcionar nuevas perspectivas al hombre medio y a la comunidad en general.

En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la enseñanza superior jugaba un papel preponderante. En una sociedad de pensamiento marxista el Estado se preocupaba especialmente de la enseñanza, y el derecho a la educación estaba consagrado en la Constitución Política. La Rusia zarista sólo contaba con 91 establecimientos educacionales superiores, luego de la Revolución de octubre el auge de los establecimientos universitarios o Instituciones Superiores fue extraordinario, llegándose a contar con más de 250 ciudades universitarias. Destaca la Universidad de Moscú que trabaja en íntima colaboración con la Academia de Ciencias de la URSS. El sistema de previsión social universitario es muy avanzado, más del 80% de los alumnos estudia gracias a las becas que se les han concedido. Los resultados obtenidos con la experiencia rusa se materializaron en la obtención de un millón de especialistas. Es destacable que la formación de profesionales se entrega en institutos altamente calificados, mientras que en las universidades propiamente tales, se crean especialistas en investigación y enseñanza científica. Tanto el movimiento universitario norteamericano como el soviético constituyen un ejemplo de desarrollo educativo en gran escala con proyecciones socioeconómicas que no tiene parangón en la historia de la Humanidad.

Las universidades latinoamericanas no se han sustraído de la contingencia social, política y económica que han marcado perennemente su quehacer, manteniéndolas en un discreto lugar en el concierto universitario mundial. Esta experiencia hace urgente dotarlas con medios adecuados para no declinar su función a niveles subordinados. Es menester por lo tanto contar con profesores y estudiantes de excelencia, dedicados, si no exclusivamente, en forma preferente a la tarea universitaria, sin perder de vista el rol cultural que ella cumple en la sociedad moderna. Cualquier otra derivación del quehacer universitario no será beneficiosa, la historia así lo dice. El paradigma debe ser: la universidad por la universidad.

Por definición la universidad tiene un carácter intrínsecamente universal. La palabra universidad deriva del vocablo latino universitas que significa universo, universalidad. ¿Cuál es la función de la universidad? ¿Qué actividades le son propias? Las opiniones frente a estas preguntas no han sido ni son uniformemente aceptadas. Máximo Pacheco (1988), considera como las ideas más representativas las del Cardenal Newman, las del filósofo alemán Max Scheler y las del insigne pensador español José Ortega y Gasset.

La concepción del Cardenal Newman se basa en que la universidad es el poder supremo.), protector de todo conocimiento y de toda ciencia, de hechos y de principios, de la investigación y del descubrimiento, del experimento y de la especulación. Máximo Pacheco (1989), esquematiza los fines que emanan de la concepción newmaniana en: a) Finalidad cultural o educativa: la universidad debe impartir el conocimiento liberal que es un bien antes que un poder, y un fin más que un instrumento. El conocimiento liberal es filosófico y se eleva hacia las ideas, refiriéndose al conocimiento verdadero y no en su carácter de utilidad, es intelectual, es cultura, en buenas cuentas. El conocimiento puede transformarse en arte u oficio y terminar en un proceso mecánico o en un beneficio tangible. La Universidad es un lugar de educación en vez de lugar de instrucción. b) Finalidad docente: es misión de la universidad hacer de esta cultura intelectual su fin más directo para dedicarse a la educación de la inteligencia, a acostumbrarla a razonar bien en las distintas materias, a alcanzar la verdad y a saberla comprender. La universidad no debe sacrificar el intelecto por un propósito particular o accidental corno es la enseñanza de una profesión u oficio específico. c) Finalidad científica: la universidad puede ser sede de la ciencia, pero sus alumnos no deben aplicarse a la investigación científica. Para Newman investigar y enseñar son funciones distintas. El objetivo básico de la universidad es la difusión y la extensión del conocimiento.

En la concepción de Max Scheler los fines específicos de la universidad son: una correcta y fiel conservación y transmisión de los más altos bienes de la cultura y del saber; una enseñanza e instrucción metódica y pedagógica; una continuación metódica de la investigación científica; una investigación y,formación espiritual multilateral que penetre profundan'mente en la personalidad universitaria para que sirva de arquetipo y norma; y una transmisión justa, sencilla y que corresponda a su objetivo, de todos los bienes de la cultura y del saber a través de las diferentes capas y clases del pueblo.

En la concepción de Ortega y Gasset la finalidad cultural implica que la función primaria de la universidad es la enseñanza de las grandes disciplinas culturales como son la Física, Biología, Historia, Sociología y Filosofía, lo que facilita la formación de hombres cultos, sin olvidar que es sólo el hombre el que en último término se hace a sí mismo culto o inculto.

Según Ortega, las universidades contemporáneas han olvidado que es uno de sus deberes fundamentales el transmitir la cultura, para privilegiar el proceso formador de profesionales, resultando de esta acción del personaje medio, inculto y desvinculado de la realidad que los rodea, un nuevo bárbaro. Ortega escribe al respecto con gran originalidad: la vida es un caos, una selva salvaje, tina confusión; el hombre se pierde en ella, pero su mente reacciona arete esa sensación de naufragio y perdimiento, trabaja para encontrar en la selva, vías, caminos, es decir ideas claras y firmes sobre el Universo, convicciones positivas sobre lo que son las cosas y el inundo, obteniendo un conjunto que es la cultura que salva al hombre del naufragio vital, permitiéndole vivir sin que su vida sea tragedia sin sentido o radical envilecimiento.

Como finalidad docente la universidad debe hacer del hombre medio un buen profesional, junto al aprendizaje de la cultura aprenderá a ser un buen médico, ingeniero, abogado, veterinario, etc. Pero no le basta a la universidad con enseñar determinadas profesiones si no cumple con la finalidad primera de transmitir cultura. El exclusivo profesionalismo de algunas universidades contemporáneas, problema en las actuales universidades latinoamericanas, produce la fragmentación de la cultura vital de los pueblos. Para no caer en el especialismo, es preciso orientar la docencia universitaria para reunir estos fragmentos dispersados por una concepción errada de la universidad, haciendo convivir la finalidad docente profesionalista con la finalidad cultural.

En cuanto a la finalidad social, el pensador español postula que la universidad debe impartir enseñanza no solamente a los sectores que la reciben sirio que a todos los que pueden y deben recibirla, es decir; no sólo a los hijos de las clases acomodadas, sino también a los obreros.

Dentro de la finalidad científica, Ortega y Gasset estima que la universidad debe estar al día en los últimos adelantos y progresos de la ciencia y transmitirlos a sus alumnos por intermedio de sus profesores: la universidad debe aprender la ciencia y enseñarla. Para Ortega no es ciencia explicar o aprender el contenido de urna ciencia. Ciencia es sólo investigación, plantearse problemas, trabajar en resolverlos y llegar a una solución en cuanto se ha arribado a ésta, todo lo demás que con esta solución se haga ya no es ciencia, salvo convertirlo de nuevo en problema. Es absurdo que en la educación universitaria aparezcan, fundidas enseñanzas profesionales y la investigación, en circunstancias que la primera está destinada a todos, mientras que la segunda está destinada a nena minoría de selección. La vocación para la ciencia es escasa, mientras que la vocación para los profesionales es generalísima. Por lo tanto, debe separarse la enseñanza profesional de la investigación científica.

Según Máximo Pacheco (1989), la finalidad cultural de la universidad debe cumplirse abarcando el mundo de los objetos creados por el hombre, es decir la civilización, conservando y transmitiendo los bienes de la cultura y del saber, y formando espiritualmente a los estudiantes. Es bueno recordar que saber significa tener muchos conocimientos; ser culto, tener una formación espiritual propia. Se puede saber mucho y ser inculto, y ser culto pero saber poco. La universidad deberá por lo tanto tratar de formar, no bárbaros civilizados, ni cultos no civilizados, sino cultos civilizados. El hombre así formado será sencillo, modesto, huirá del sensacionalismo, del estruendo y de la extravagancia, se ofrecerá con evidente claridad y conciencia de sus límites. Obviamente, la cultura soberbia, el saber orgulloso, es a priori incultura, y más aún lo es la presunción. ¡El auténtico saber culto, sabe muy bien qué es lo que no sabe!

En cuanto a la finalidad docente, la universidad debe preparar profesionales y técnicos capaces de actuar eficientemente en las variadas esferas de la actividad social. La formación profesional está confiada a la universidad. Cada escuela universitaria debe enseñar con el máximo de eficacia teoría y práctica, lo que el correcto ejercicio de las profesiones exija. La universidad no sólo debe preocuparse de dar técnica profesional, sino auténtica formación profesional, informando a los estudiantes sobre la vida profesional tal como ella es. Debe ser principio fundamental de toda enseñanza universitaria, el transformar al estudiante de inerte receptor del pensamiento ajeno en apasionado conquistador del pensamiento propio.

La universidad debe cumplir una finalidad científica, en ella se debe hacer ciencia. Ciencia y universidad deben estar íntimamente ligadas. En la universidad debe contarse con individuos que se dediquen a la investigación pura, con institutos, laboratorios y bibliotecas suficientemente equipados. Si no hacernos ciencia en la universidad, se detendrá nuestro progreso cultural y también el económico, porque no hay que olvidar que la ciencia parra y la aplicada están estrechamente vinculadas.

La finalidad social de la universidad debe proyectarla hacia la sociedad, haciéndola partícipe de sus esfuerzos y logros. La universidad debe estar abierta a la sociedad, iluminando con sus saberes a todos aquellos que no han tenido la suerte de pertenecer a ella, para ser escuchada con respeto y consideración. La universidad realizará en plenitud su misión social, tomando estrecho contacto con la realidad nacional, democratizando su enseñanza y participando activamente en los planes de extensión. La universidad debe intervenir en la discusión y solución de los grandes problemas de la sociedad, desde su punto de vista cultural, científico o profesional.

En Chile, la universidad está legalmente definida como una institución de educación superior; de investigación, raciocinio y cultura que, en el cumplimiento de sus funciones, debe atender adecuadamente los intereses y necesidades del país, al más alto nivel de excelencia (Art. 1° DFL N° 1 de Educación de 1980).

La conceptualización jurídica de la universidad como institución de educación superior reconocida se remonta al Chile Republicano del siglo pasado. Más recientes son las nociones de institutos profesionales y centros de formación técnica (1981).

Las instituciones de educación superior pueden ser estatales y privadas; públicas y particulares; tradicionales y no tradicionales; instituciones que integran el Consejo de Rectores y que no lo integran; originarias y derivadas; plenamente autónomas y con autonomía limitada; instituciones sujetas a la acreditación del Consejo Superior de Educación, sujetas a examinación, y a la acreditación del Ministerio de Educación; e instituciones civiles y de las Fuerzas Armadas.

La universidad chilena es una institución autónoma que goza de libertad académica y que se relaciona con el Estado a través del Ministerio de Educación (Art. 3° DFL N° 1 de Educación de 1980). Se entiende por autonomía el derecho de cada institución de enseñanza superior a regirse por sí misma en todo lo concerniente al cumplimiento de sus finalidades y comprende la autonomía académica, económica y administrativa. La autonomía académica incluye la potestad de las entidades de educación superior para decidir por sí mismas la forma como se cumplan sus funciones de docencia, investigación y extensión y la fijación de sus planes y programas de estudio. La autonomía económica permite a dichos establecimientos disponer de sus recursos para satisfacer los fines que le son propios de acuerdo a sus estatutos y las leyes. La autonomía administrativa faculta a cada establecimiento de educación superior para organizar su funcionamiento de la manera que estime más adecuada de conformidad con sus estatutos y las leyes. La libertad académica incluye la facultad de buscar y enseñar la verdad conforme con los cánones de la razón y los métodos de la ciencia.

De conformidad con la ley (Art. 2° DFL N° 1 de Educación de 1980), corresponde especialmente a las universidades:

a) Promover la investigación, creación, preservación y transmisión del saber universal y el cultivo de las artes y de las letras. b) Contribuir al desarrollo espiritual y cultural del país, de acuerdo con los valores de su tradición histórica. c) Formar graduados y profesionales idóneos, con la capacidad y conocimientos necesarios para el ejercicio de sus respectivas actividades. d) Otorgar grados académicos y títulos profesionales reconocidos por el Estado. e) En general, realizar las funciones de docencia, investigación y extensión que son propias de la tarea universitaria.

Las universidades otorgan títulos profesionales y grados académicos, en especial, los de licenciado, magister y doctor.

Las universidades estatales sólo pueden crearse por la ley y las universidades privadas deben hacerlo conforme a los procedimientos administrativos establecidos, debiendo organizarse siempre como corporaciones de derecho privado, sin fines de lucro.

Las 16 universidades del Estado son personas jurídicas de derecho público, autónomas y con patrimonio propio. Entre las universidades que no pertenecen al Estado se cuentan las 46 que se han creado a partir de 1981, a las que comúnmente se les denomina «universidades privadas». Antes de 1981, se les llamaba universidades públicas no estatales. «En 1928, el Estado declaró que la Universidad Católica de Chile es cooperadora de la función educacional del Estado, y lo mismo hizo respecto a la Universidad de Concepción en el mismo año». Dicho de otra manera, el Estado reconocía que dichas instituciones se asociaban a él para el desarrollo de la función educacional, definida por ley como función pública. Las universidades católicas chilenas se han desarrollado al amparo de la personalidad jurídica de derecho público que el Estado reconoce a la Iglesia Católica.

Como colofón de esta breve reseña del desafío universitario, es destacable un estudio de Corporate Location, publicación especializada en inversiones, que eligió a Santiago como ciudad de crecimiento futuro, opción 1993, considerando el creciente desempeño en investigación científica y tecnológica que acontece en su seno. Además, en el Informe 1993 sobre competitividad mundial elaborado por el Instituto Internacional de Desarrollo Gerencial y el Foro Económico Mundial, Chile ocupó el 5° lugar entre los países emergentes, alcanzando un puntaje de 67 sobre. 100. En la confección del «ranking» influyó el cometido en ciencia y tecnología de cada país. Al respecto, Manuel Krauskopf (1994), destaca que los logros chilenos concitan más reconocimiento en el extranjero que en el país. Ello no sería novedad en una sociedad que parece mantener con celo extremo una especial sobriedad para distinguir méritos. Añade el mismo autor, «cualquiera sea la razón de la escasa sonoridad pública del quehacer investigativo nacional, los méritos científicos y tecnológicos que han distinguido a Chile en los estudios mencionados se deben en lo principal, qué duda cabe, a la tarea de la Universidad de Chile».